24/3/09

33 años. Todo está guardado en la memoria



TODOS LOS VERANOS

"A veces pienso en mi viejo. O es un barco que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el río. Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo.Para todos, para mí mismo, la historia comienza el día que hizo volar en pedazos al Raquelita, en el 28. Era una chata de once metros con un motor Regal. El viejo tenía la maldita costumbre de mojar un papel retorcido en el carburador, luego quitaba el cable de una de las bujías, lo arrimaba al block y con la chispa encendía el papel y con el papel uno de esos cigarros que llevaba desparramados por los bolsillos. Recuerdo aquel olor pestilente y las grandes manchas marrones con dos y hasta tres aureolas en tonos más débiles donde tenía un bolsillo que había sido alcanzado por el agua. Esto sucedía bastante a me-nudo, de manera que en los viajes largos era común ver algunos cigarros secándose sobre el block. Echaban un humo más pa-recido al de una estopa empapada en gasoil que al de un auténtico cigarro.Algunas veces el ruego se había contagiado al carburador pero mi padre no perdía la cabeza por eso. Sin dejar de encender el cigarro depositaba la otra mano sobre el carburador y ahoga-ba el fuego. Pero un día aquella mano llegó demasiado tarde. Poco a poco se había formado en la sentina un charquito de nafta que con el tiempo se extendió a todo lo largo del Raquelita. Eso, naturalmente, fue el fin. Con aquellos cigarros el viejo casi había perdido el olfato. Dos o tres veces, al inclinarse para buscar cualquier cosa, había entrevisto aquel brillo movedizo que se extendía cada vez más, pero como no estaba en condicio-nes de reparar en el olor de nada debió pensar o prefirió pensar, si es que pensó en algo, que el barco hacía un poco de agua.Un día, pues, encendió el cigarro de acuerdo con sus procedimientos y fue como si encendiera el mundo entero de una punta a otra. Instintivamente, el viejo alargó una mano hacia el carburador pero ni el carburador, ni él estaban más allí dónde debían estar. Sin saber cómo, se encontró en medio del agua con el cigarro todavía en la boca. El Raquelita, por su parte, o lo que quedaba de él, aparecía a unos diez metros. Después de todo, nunca había lucido tan bien, ni tan espléndido aquel barco de por sí oscuro. Cada tabla brillaba como una barra de oro. Cuando voló el tanque suplementario, el viejo tuvo más bien un estremecimiento de júbilo, como si se tratara del día del juicio para un justo o algo por el estilo. Fue todo muy breve y muy solemne, según dijo.Eso ocurrió cuando mi padre tenía cuarenta y cinco años, apenas uno después que apareció en las islas. El recuerdo de los de la costa y mi propio recuerdo arrancan de ahí. Nadie tuvo noticias del viejo hasta el 28 y la verdad es que con lo que hizo o deshizo desde entonces hasta su muerte, en el 37, hubo de sobra (...)
(...).—Hijo —solía decir con esa voz profunda que le salía desde adentro y medio cigarro entre los labios—, la verdad que Dios hizo seis días para descansar y el séptimo para trabajar, ya que no había más remedio. A veces el sexto y el séptimo, según como vengan las cosas. Pero estos mierdas de ingleses han dado vuelta todo el asunto...Culpaba a los ingleses de cualquier cosa, aunque el motivo no era muy claro. Con el séptimo día el viejo estaba aludiendo a aquellas misteriosas excursiones que realizaba una vez a la semana en el antiguo bote del Speranza, que había bautizado con el nombre de Arvoredo. A veces estaba afuera dos días y dos noches, con lo que también el sexto tenía ocasión de figurar entre los días laborables. A decir verdad el viejo se afanaba más bien durante la noche de manera que eso del día se refería exclusivamente al tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre sí misma, que era lo que tardaba en estar fuera de casa y más precisamente el tiempo que dejaba de estar echado en la galería del frente (...)


Haroldo Conti, escritor secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una Brigada del batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido.


22/3/09

cenizas de pajarito




Cada luna al acostarme te observo entre las sombras.
Tuerzo mi mejilla mientras te miro sigilosamente.
Entre una cortina, entre otra.
Allí arrinconado en el rincón.
Piquito su chico.
Pajarito mozo.
De asomos, te reinvento.
Que te andas quejando siempre.
Cada día más pequeño.
Que es el aire que viene cargado de nubarrones.
Que todo es una misma cosa.
La materia, me dices.
Que ni otoño ni verano.
Ni nieve ni cielos logras distinguir.
Que la vida es un tango.
Siempre una nostalgia viniendo.
Que de romper el aire a puñetazos te has cansado.
¡Qué extraviada anda la gente!
¿Dónde han olvidado sus sombreros?
Que ni los zapatos se miran...
Tan loca que ni uele.
Pociones que desmerecen a flagelos.
Qué desdicha verlo todo y nisiquiera poder cantarlo...
Pajarito multicolor averiado.
De papel crépe.
Cada vez que mueres...
En cada hueco que mueres...
Nace un nuevo sol entre mis párpados.
Rayado.
Horizontal.
A lunares.
Ancho.
Quisquilloso.
Yo te miro.
Vívida, rimbombante,
a secas de sueños estoy
mientras te posas de un aleteo en mis rezos...




20/3/09

cumpleaños feliz



Cuando regresó de acompañar a los invitados, él la esperaba en el descanso de la escalera. Ella lo intuía. Había aprendido con eficacia, en los últimos meses que llevaban frecuentándose, a descubrir los indicios de su mirada, lo que querían significarle los movimientos precisos de su anatomía que apenas se animaba al contacto con los suyos cada vez que se encontraban frente a otras almas.
Tenía una leve jaqueca, resultante de un día en el que los teléfonos no habían dejado de sonar, su preocupación por que todo saliera bien, que los invitados se deleitaran con sus platos, que no faltara bebida, que la música fuera acorde a cada momento, que los breteles de su vestido no se cayeran dejando sus pechos al descubierto, pendiente de agradecer tantas veces como fuera necesario, y a la vez preparada para recibir cada una de las muestras de afecto de quienes habían acudido a su celebración.
El la ayudó a levantar los platos de la mesa, luego entró a la habitación y se sacó la ropa quedándose prácticamente desnudo. Ella dejó caerse sobre la cama y él empezó a acariciar su piel por sobre el vestido. Le regalaba sutiles masajes en la zona del cuello, los senos y el abdómen.
Los fragmentos de intimidad era lo más sagrado que ella guardaba con él. Y en medio de ellos era portadora de una felicidad suprema. Fluir a su lado era de lo más sencillo. Reirse y gozar, también. Ella, pura adrenalina, quinientos decibeles. El, la calma de quien respira con todo el cuerpo.
- ¿Cómo estás?. Le preguntó él.
Ella sintió que hacía mucho nadie se lo preguntaba de esa manera tan honesta y respondió que estaba contenta, que la vida seguía sorprendiéndola y eso era lo que más la satisfacía. Entonces él hizo silencio y ella se estremeció. El, que horas antes había soplado la flauta para ella, había tocado las cuerdas de su guitarra y le había cantado su canción preferida porque conocía que a ella eso la conmovía. El, que le había mordido el antebrazo al pasar, en un gesto impulsivo como tierno, delante de los invitados. El, que se había preocupado por que ella estuviera en armonía, le había regalado un chocolate enorme y le había preguntado más de tres veces por su estado de ánimo. El, que se había reído mientras ella les regalaba a los otros sus cuentos, le estaba dando la oportunidad para que ella pudiera revelarle una intimidad, algo precioso y preciado. Y ella no dudó y lo hizo. Le contó que toda su vida había empeñado en alejar de sí a la nostalgia y que en esa lucha se definía extremadamente débil. Pero que ahora, en ese mismo ahora, ella estaba feliz porque se había sentido amada, mimada y recordada.
El hizo un manifiesto en contra de la nostalgia. Dijo que no le agradaba la gente con mochilas (así fue como la denominó) porque eso no hacía más que poner muros para conocerse y que lo único que lograba esa gente era perderse del momento presente y abrir la mirada hacia lo que podría pasar más allá…
Ella le dijo que tenía razón en eso que decía, pero que si había algo que había aprendido era a respetar lo que le estaba sucediendo, lo que las emociones le decían, y si se le antojaba llorar un día entero, lo lloraría…
Pensó que siempre había estado mirando su propio transcurrir desde afuera, incluso unos minutos antes, como si no hubiera sido ella la que cumplía años. En más de una oportunidad se sentía un sapo de otro pozo al que todos miraban sin comprender. El costo que tenía que pagar por ser ella misma, a veces significaba el rechazo. Y eso era algo que tenía que aprender.
En cambio siguió diciendo:
-La soledad es lo me ha acompañado siempre. Desde que nací, me he sentido sola.
El se mostró tan sorprendido que no supo más que exclamar:
-Bonita, ella se siente sola, ¡y yo no lo sabía!. Los cumpleaños, las navidades y los años nuevos no deberían existir. Dijo, con convencimiento y algo de enojo.
- Me molesta tener que vivir de acuerdo a convenciones. Toda esa paparruchada de que tengas que estar feliz y que la gente tenga que venir a saludarte y tengas que salir y emborracharte. Y que todo se mida de acuerdo a cuánta gente se acordó de tu cumpleaños y si te regalaron algo o no… es muy frustrante…
Justo cuando hubo terminado de decir frustrante, ella tuvo ganas de ir al baño. El tiempo que le llevó este imprevisto el prendió las velas y se acurrucó adentro de la cama paraguaya. Cuando volvió y lo vió allí, se abalanzó sobre él furiosamente y lo besó. Habían empezado a besarse desde hacía un tiempo. Los primeros meses, hacían el amor sin las bocas.
Volvieron a la cama. Ella subió el volumen de la música, el le quitó el reloj de la muñeca, detestaba que ella use reloj, la desnudó y volvió a hacerle masajes precisos en los omóplatos.
Cuando el amor se dedicaba a hacerlos, él le dijo Feliz Cumpleaños y ella sonrió.
Una vez que el deseo se hubo apagado ella posó su cabeza sobre su pecho dándole la espalda y el despegó sus cabellos suavemente por unos minutos. Ella siguó mirando hacia la pared y con la serenidad con que el tiempo se le sucedía cada vez que estaba con él, le dijo: -Te quiero mucho.
Hubo un silencio apacible, cómodo y fluido. Una espacio de tiempo vacío que a ella no le dolió porque parecía que llevaba en sí toda la verdad y si así era, mejor que no fuera llenado. Sin embargo él lo rompió con su boca y dijo:-Yo también te quiero.
Y entonces ella lloró. Lloró sin que su rostro y el de él se dieran cuenta. Lloró con la más sincera emoción. Estaba siendo querida por él y ese era su regalo de cumpleaños. El más bonito que podía recibir.

19/3/09

TATO




"Hay que inventar un lenguaje que no produzca belleza – sino hambre infinita, mortalidad infantil donde nuestros ojos se desorbiten como estos monstruos sin lactancia.Palabras traídas por las olas donde podamos sentirnos raquíticos –Lenguajes nuevos – alegres en las desgracias – obsceno por subversivo –- porque la desgracia es resignación –tristeza– la acción es la esperanza. Eso, nuevo lenguaje de nuevas esperanzas. Todos juntos. Alguna vez aprendamos a hablar otra vez, olvidando el lenguaje anterior, impotente para intensidades. Barroco – Infiel. Quema de saberes viejos – tiene que sonar pornográfico, que el lenguaje vomite y excrete realidades, que las olas traigan nuevas palabras barrenadas y nos hagan sentir en el cuerpo sólo un poco de hambre – solo un poco de salud – solo un poco de todo. Las palabras sensaciones.Convulsiones como respuestas. Eso –que las nuevas palabras del nuevo lenguaje nos hagan epilépticos por un rato.Para confirmar que las palabras han llegado y nos maltratan, nos cadaverizan. Quien sabe hay muertes por reflujo. Es bueno. Pero estemos seguros que llegaron, que no son palabras muertas – Edificios con ladrillos de lenguaje que no sirven más para expresar nada. Palabras que significan – que quieren abarcar el mundo ya no abarcan nada – Palabras que describen conferencias y reunión que no que no que no que no.Balbuceemos las otras, las que no significan – pero expresan los ojos reventados – los dolores infinitos... los aullidos. Aprender todo de nuevo... aprender a ignorar todo lo aprendido. Que explote toda la impostura. Toda –pero toda junta. Y de esos escombros el lenguaje nuevo.La palabra interdicta, obscenidad de los goces infinitos y de los dolores que ya no caben en lenguajes viejos. Inventemos. Inventemos todo. Pero que sea loco loco loco. Enterremos el sentido común. Una gran tumba a la belleza – A los grandes gestos que nos vaciaron el sentido de algo.Un gran entierro de todo aquello que llamamos humano, todavía que de las olas venga el resto – las palabras nuevas – los pedazos, lo que quedó afuera, las sílabas barrenadas que arrojamos al mar del desperdicio.Sólo de allí –la gran resurrección obscena. De cunas escondidas. Que no signifique nada. Que exprese el hoy.¡¡ El hoy de todos. Blu – blu – blu blu. Blus blus. Ya vienen, atención. Vienen las olas. Blus. Blus. Blue. No significan nada. Sólo blug blug blug. Nada nada nada. Belleza de los restos de las sobras. Poesía de los escombros. Intensidad del mar embravecido. Nada más que eso.A la hoguera con los lenguajes viejos –ya no nos sirven– olor a trampa y a impudicia, no soñemos con el hombre nuevo – rescatemos de las sobras – de los restos – de los desperdicios – de los escombros y de las cunas palabras que hemos arropado y que las olas traen – y construyamos un lenguaje nuevo con fuerza de obscenidad – inventemos la potencia de las nuevas palabras – no cambiemos a los hombres – cambiemos su lenguaje – su retórica encallecida – que envejece, que hace vivir a medias con tristeza – Un nuevo lenguaje alegre – potente – para un nuevo hombre. Pero necesitamos arrasar con todo – arrasar – arrasar – arrasar".


Prólogo de Eduardo Pavlovsky al libro Globaloney de James Petras


13/3/09

DELIRIO DE POETA





Voy a decírtelo. No me importa otra cosa que decírtelo. Pero tienes que entender que sino te miro a los ojos es por ellas, las palabras. Se me regalan con la premura de la luz, corretean alrededor de mi boca, me interpelan con vehemencia. Tengo que extraerlas de las cortezas de los árboles, buscarlas en la textura áspera de los tejados, degustarlas en lo amarga savia de las hojas, divisarlas en los filos de las nubes, atraparlas en los aleteos de las mariposas, de la indefinición en los colores de la lluvia, posan sobre los tallos de las amapolas…
Sabrás entender, cuando hablo, ellas me buscan de una forma… que no es sencillo decidirme por unas. Ceder ante los deseos, los cuerpos imponentes de unas y la determinación de otras, dejar de oler el vaho a madera, tabaco, naranja, de unas para entregarle mi nariz a los perfumes de otras. Establecer un contrato poblado de cláusulas que las conduzca a mis labios, morderlas, saborearlas, chuparlas, escupirlas y olvidarme para siempre de las que quedaron vagando por el aire. Ignorarlas en su especie y su orígen, en su cualidad, en su fuerza, en su espíritu.
Sé paciente. ¿No ves que estoy metida en un cortejo con ellas?. ¿No ves que mis pupilas se están empachando de colores?. ¿No entiendes que estoy dedicándome por completo a ellas? ¿Qué estoy siendo tomada por un asalto de la distracción? ¡Que si te miro las pierdo! Se esparcen por los campos, voluptuosas, quisquillosas, frondosas, azarosas, floripondiosas como osas…
Permitirme entrar en este mismo juego, ¡es justo ahora! Y no es que no quiera decírtelo. ¿Qué si me tienes? ¡Por completo! ¿Qué si estoy cerca? ¡Más no podría estarlo! ¿Qué si te quiero? ¡Cómo se te ocurre preguntármelo!. Pero no es así como se me ocurre entregarme a vos. No es al menos del modo que todos lo hacen. Debo tener precaución. No es intrascendente esta misión, mucho menos urgente ni explicable nadar en este mar salitroso de palabras, tener que despegármelas de las cejas, quitármelas de entre las uñas de los dedos. ¡Deja de torturarme con la expresión de la impaciencia!. ¡Que no me pongas a entre la espada y la pared! ¡Les adeudo todo!. Me desnudo ante sus órdenes y sus melodías, porque a ellas debo mis insomnios, mis honores, mi existencia, mi plenitud y mis minutos…
Y te lo diré, ten la calma que se requiere para la espera, que con o sin tus ojos en mi frente, te lo diré…




11/3/09

Fuga de susurros





"Quien conserva su cabeza de niño conserva su cabeza"
Antonio Porchia


Este sábado en Parque Rivadavia, a las 17 hs, un grupo de personitas estaremos invitándolos al placer de dar y recibir un susurrito. Porque de eso se trata, de regalar y recibir regalos, y que mejor que un poema, un verso o una canción para despertar oidos cansados. En una ciudad donde los sonidos son tantos que avasallan, ensordecen, obstaculizan, desaniman, nada más reconfortante que una bocanada de aire suave!!!


ANIMENSE!

Los esperamos!!



5/3/09

Yo, argentina



¿Qué son cinco horas en la vida?. En mi país tramitar un pasaporte te lleva el tiempo de una jornada de trabajo completa.
Una señora me dice en la cola que ocupa más de media manzana: -
Es la tercera vez que vengo. Pero hoy está peor.
Pasados los cincuenta minutos, un señor mayor de chaleco beige, le pregunta a otro de remera verde, que está delante mio, cuanto tiempo nos llevó estar en la puerta. -Media hora, contesta optimista.
Una vez adentro nos dan un formulario para completar. El mismo tiene un número. El mío es el 793. Me siento. La pantallita va por el 502. Ojalá pudiera ser tan optimista como el señor de verde.
Son las 3 de la tarde. Se gastó la pila de mi MP3. Olvidé a Zygmunt Barman sobre el sofá de mi casa.
El señor de beige está sentado cuatro hileras más adelante y conversa con un jóven. Pienso que debe tener muchas cosas para decir, como yo, como todos.
El las dice al tiempo que yo las escribo.
Una pareja de no más de treinta se sienta a mi lado con su pequeño niño de tres años. Los tres están vestidos con ropa de marca y son bellos para el común de la belleza.
Hay gente de todas las edades. Esta es la historia de la Argentina. Un país que quiere irse.

¿Por qué será que todos queremos irnos?
Ya falta poco. Pienso que tengo que hacerme la prueba del HIV. Pienso que en esta enorme sala somos todos iguales. No hay privilegios, igual que frente al HIV. Las cosas que nos equiparan. Pienso que muchos de los que están acá son buenos consumidores, como debe ser para esta sociedad. Tienen modernos celulares que usan sin parar.
¿Será que el matrimonio de atrás mio va a visitar a sus hijos a España?
La señora rubia a mi lado tiene más de cincuenta, está con el formulario sobre la falda y duda. Ya no sabe si es soltera o casada. Hace tanto que su marido no la toca…
La chica de violeta irá a Machu Pichu y una vez frente a las ruinas dirá que acaba de encontrar a dios. Algunos tienen que buscar muy lejos para encontrarse. Pienso que lo que espera a esta chica en su plato cada mediodía seguramente diere de lo que tiene en el suyo Dominga, mi vecina peruana que limpia casas por siete pesos la hora. Sin embargo, algo las sitúa en el mismo escalón. La chica se va a ir al país que Dominga dejó por un futuro mejor.
El tiempo pasa más rapido si escribo, igual que cuando hace frío.
Ya llegó mi turno. Me ponen un sello en el formulario y me conducen a otra sala más pequeña para tomarme la foto y las huellas dactilares. Otra vez la espera con el mismo número, van por el 615.
Una chica estudia biología a mi lado mientras me dice: -
Son las 5 de la tarde, tengo ganas de matar a alguien…
Pienso que a esta altura de la tarde yo ya soy un animal domesticado y hambriento. Cada vez hay más gente. Y me pregunto:



¿Cuántas de estas personas se irán para no volver?
¿Cuántas cruzarán el Atlántico?
¿Cuántas curzarán el Pacífico?
¿Por qué razón se van los que se van?
¿Tenemos el país que nos merecemos?

¿Yo tengo el país que me merezco?
¿Qué significa pelear?
¿Qué significa oportunidad?
¿Quién es más cobarde, el que se queda o el que se va ?





22/2/09

El loco Marraso


Esto que voy a contar es el relato de lo que le sucedió a Fresia la anteúltima noche del año en un pueblito de la provincia de Buenos Aires donde el amanecer y el atardecer son nada más que un sol bien redondo que hace piruetas sobre el agua plateada del mar.

Era una noche perfecta. Solo un dejo de brisa pero ni un atisbo del frío. Un hallazgo si consideraba que los cuatro días anteriores había tenido que luchar con toda la fuerza de sus pies para no volarse con el viento.

Ella huía de los que querían amaniatarle su libertad, huía de su incapacidad latente de marcar los límites de su espacio interior. Y pensaba en ello al tiempo que caminaba por la orilla, con la espuma a la altura de sus tobillos, respirándose a sí misma. El mar se le metía por los oídos, imponente, soberbio. Las olas se desarmaban sin la nostalgia de lo que habían sido. De pronto oyó murmullos. Le pareció extraño darse cuenta que se trataba de dos hombres jóvenes. Casi nadie interesante frecuentaba el mar a esa hora, y casi había llegado a la conclusión de casi nadie interesante frecuentaba ese pueblo.

Pudo sentir el aroma del canabis y eso fue suficiente para que se detuviera a conversar con ellos. Sólo los que fuman esa planta prohibida conocen que en ese acto tiene una gran implicancia la acción de compartir, así sea con un extraño, generándose un ritual de hermandad. La conversación sucedió, como era de esperar, con el correr de los minutos más fluida y descontracturada. De pronto, G, M eran tres conocidos riéndose de las bromas más ridículas y obvias. Apenas la luna dejaba ver una grieta de luz por donde podían descubrirse los límites de sus rostros. Todos los movimientos del cuerpo anticipaban una carcajada violenta en Fresia. Ellos adivinaron lo que ella pretendía acallando a cada momento los ruidos incordiosos de su celular, la dejaban en evidencia sin acudir a la piedad pero sin herirla, como si se conocieran desde siempre, y ella reía. Ante el descubierto no podía más que responder de esa manera. Sentía que le habían allanado el camino. Si había algo que le costaba un trabajo detestable era fingir.

Los minutos se comieron todas las huellas que dejaron en la arena. El mar estaba sin estar. Fresia pensó mil veces más que era una suerte haberse salido de un plan que no la motivaba. Era la vida que estaba sucediendo, imprevista y preciosa, que se le estaba regalando.

“Piensa estrategias” le proponía su Yo más voluntarioso. Rápido, ahora, tienes que pensar. No puedes dejar todo así como así sin dar explicaciones.

Caminaron un largo rato. Un pedazo de noche entró por los costados del horizonte y se robó todos los colores.

Después de un rato empezaron las preguntas que arremetían contra el anonimato. Fresia jugó su juego más divertido y fue todas las opciones de sí misma que siempre había imaginado ser. Y al final cuando ya la verdad empezaba a asomarse, uno de ellos propuso ir a cenar. S dijo:

- A unos metros de acá hay un lugar para comer. Una cabaña donde un chabón cocina para unos pocos. Es un amateur…está fuera de la legalidad. Yo solía ir con unos amigos todos los veranos. El loco Marraso, qué personaje…

El misterio siempre había sido uno de los aderezos favoritos de Fresia y el efecto de la marihuana no hacía más que acentuar la adrenalina que corría por cada uno de los pliegues de su cuerpo. N no se negó.

En el trayecto S dudaba de reconocer el frente de la construcción. Se trataba de una cabaña más entre muchas similares que daban al mar.

Finalmente la encontró.

- Es esta. Dijo. Síganme…

Subieron una escalera. S actuaba con la seguridad de quien atraviesa el pasillo que lo conduce a su propia casa. N iba por detrás de Fresia y se mostraba confiado a los pasos de su amigo. Por un momento ella pensó que se trataba de una trampa. Una sensación de paranoia que luego sería objeto de cargadas por parte de los otros, la perturbó sin violencia. Pero ya era tarde para retroceder. S torció el picaporte de la ancha puerta de madera que estaba sin llave y les hizo paso para que ingresaran acomodándose él por detrás.

Según lo que Fresia me contó y haciendo un esfuerzo grandilocuente por expresar las inhóspitas muecas de su rostro, la imagen con la que se topó apenas unos segundos después tenía nada que envidiarle a la toma de una película francesa. Un flash que arremete contra los sentidos de tal forma que es imposible de trasladar al lenguaje de las palabras. Hechos sin correspondencia alguna con la realidad cotidiana de los mortales, percepciones puras que rebotan en uno descolocándolo. Fragmentos de tiempo que serán perpetuados en la mente por siglos y siglos, diapositivas dispuestas a no borrarse en el disco rígido que conforma la memoria humana.

Una mujer estaba sentada a la cabecera de una mesa de madera, usaba lentes de aumento que descansaban sobre la mitad del ángulo recto de su nariz, sobre la mano tenía una de las muchas cartas que habitaban sobre la mesa.

S le preguntó por el Loco Marraso y ella explicó con una serena parsimonia que él ya no vivía más allí, que trabajaba en el puerto. Dijo más pero Fresia no pudo contarme puesto que no recordaba las palabras con precisión. En el otro extremo de la sala, hizo su aparición un hombre que parecía ser su esposo. Hizo algunos comentarios sin moverse del lugar, mirando a los tres que seguían anclados en el centro de la habitación.

Fresia dirigía el foco de su mirada a través de un travelling que empezaba en la mujer sentada y terminaba en el hombre detrás de la columna, pasando por todos los objetos de la casa. Todo lo que veía apenas le cabía en los ojos. Quizás hubiera precisado ayuda para mirar. Frascos de dulce en hilera descansaban sobre una barra a su derecha, elementos que no alcanzaba a distinguir de diversos metales adornaban un ambiente en el que la luz se antojaba tímida a rabiar.

La falta de sorpresa quizás, la actitud compasiva del matrimonio, la brisa que no pasaba desapercibida colándose a través de los hilos de la cortina rústica de la ventana, el efecto de la marihuana o tal vez todos esos elementos juntos motivaron la pregunta de Fresia:
-¿Podría pasar a ver la vista desde el balcón?, debe ser muy bonita…

En la misma postura, la mujer no mostró resistencia a su pedido. Entonces fue que atravesó la sala y se detuvo unos minutos en el balcón para oler el aroma del mar. N se unió a ella.

Fue S quien desde el comedor tomó la determinación de dar por acabada la intromisión a un sitio tan ajeno como formidable y emprendió la retirada. Los otros dos lo siguieron.

Mientras bajaban la escalera, Fresia confesó que por un momento pensó en proponerle a la pareja que los invitaran a comer de todas maneras, tal vez a cambio de dinero. Había percibido en el aire, esa cosa extraña que se palpa con la intuición, una buena vibra, una energía poderosa e invisible que fluía como sangre en las arterias.

Los dos muchachos no se lo tomaron en broma, pero más realistas y precavidos, argumentaron que hubiese sido inapropiado. Fresia se excusó:

-Es la influencia incipiente de las novelas de Paul Auster y todos rieron al unísono.

S, interrumpió abruptamente la risa y dijo:

-Chicos, acabamos de entrar a la casa de un desconocido. Esto es algo que siempre quise hacer…

Y así, sin más y sin menos que lo vivido, S descalzo y con sombrero, N con ojotas y Fresia con el mp3 detenido y tres billetes de cinco pesos aguardando en su riñonera de colores, se dirigieron al parador más cercano a tomar una cerveza.



17/2/09

Ataque a la ideología




Y mientras volcaba sobre la pileta de la cocina el contenido restante de vino picado de la botella, una ráfaga de pensamiento se me vino a la cabeza, un loco recuerdo que andá a saber adonde lo tenía guardado. Hasta hace unos pocos años, mi padre venía a saludarme después de beber vino y yo no aguantaba su aliento, se me antojaba una sensación asquerosa y repugnante. ¡Qué asco!, le decía. Aún recuerdo los manteles con manchas violáceas y mi olfato descontento.
Ahora a los veintiocho, no puedo concebir un asado dominguero sino va de la mano de un tinto. Me interesa saber de cepas, investigo el estacionamiento de la uva e incursiono a través de bodegas.
Esto se repitió con la manteca, con la leche y con el arroz.

¿Por qué la idea antes que la experiencia?

Ideas previas. Ideas malditas que me pesan como la carga de un camello. Ideas que me condicionan, me atan, me angustian, me oprimen, me sofocan. No las quiero. Me las quito como la ropa para dejar que el aire me acaricie la piel. No tengo miedo de sentir. No tengo miedo ni pudor. Mi cuerpo es un volcán. El cuerpo es más sabio que la mente. Todo lo que en él toma cauce, me nutre desde los pies como la savia. Todo aquello que lo atraviesa lo aprehenderé. Mis ideas no me sirven más que para tapar. Soy un carozo oculto detrás de numerosas y espesas capas de razones equivocadas. Ansío despojarme de todo. Así me conduciré a la libertad. La libertad no son las ideas. Libre es mi ello librándose de una mordaza que aplasta. Si la forma de ser humano es ser un concepto entonces me inventaré otra forma de ser. Me estoy perdiendo de algo más trascendente. La experiencia de experimentar me urge. Me incomoda ser un rayo que fluctúa y se tambalea entre la percepción y la conciencia. Pues si esa es mi naturaleza, exijo volver a nacer.



11/2/09

¿Qué queres ser cuando seas grande?





Yo que te quiero contar todo lo que tengo acá adentro, apretujado en el corazón, te cuento un cuento y dice así…


Azul era una muchacha rubia de ojos pequeños y celestes que había llegado a ser grande y todavía no sabía bien que quería ser, y eso la preocupaba tanto que no la dejaba dormir por las noches. Estaba segura de que no quería ser enfermera, ni abogada, ni arquitecta, sí sabía una cosa: le simpatizaban mucho los niños. Deseaba, con todas sus fuerzas, hacer los más felicies. Pensando, buscando y experimentando descubrió que una buena forma de estar cerca de ellos era contándoles historias. El problema era que a Azul no se le ocurría como hacerlo. Había visto a otros contar, acaparando toda la atención de los más pequeños dejándolos congelados y con las bocotas abiertas pero ella misma hurgaba y hurgaba y no encontraba adentro de sí historias interesantes, hasta llegó a pensar que las palabras habían armado un complot en su contra y se lo hacían a propósito, se le inmiscuían a través de los huecos y hasta parecía que tenían alas para volar y por eso le era difícil atraparlas…

Fue un día, entonces, que se levantó con ganas de jugar con un niño que miró hacia bien arriba le preguntó al cielo:

-Cielo, cielito, tu que eres inabarcable, tan claro como enigmático, ¿Me puedes contar alguna historia para que yo le cuente a los niños?. Cuéntame cómo las nubes se disponen entre sí formando dibujos que adornan tus paredes, cómo cuando el sol se pone a charlar con la luna te cambias el traje para ponerte ese vestido tan bonito!, cómo cuando se produce un choque de nubes te pones tan triste que le mojas a los hombres todos los sombreros, de los colores que visten tus cabellos después de la lluvia, de tus negruras, de tus lamentos…

Pero el cielo estaba tan ocupado en una reunión con la luna y las estrellas decidiendo quien iba a jugar con él esa noche que nisiquiera escuchó a Azul…

Entonces Azul siguió su trotecito por el bosque cuando se topó con un paraíso de eucaliptos. Se acercó y le preguntó a los árboles:

-Arbolitos míos, frondosos y sabios, cuéntenme como es vivir amarrado a la tierra, sin poder moverse de un lugar a otro, cómo es cobijar a tantos pajaritos en sus brazos, brotarse de ramas en otoño, poblarse de flores en primavera, cómo es ser árbol…

Pero los árboles estaban ocupados conversando con las palomas y ayudando a sostener sus nidos que le contestaron:

-No podemos ahora, tenemos asuntos más importantes que resolver que tus historias.

Azul puso cara de decepción y siguió caminando, cada vez más desanimada, con la cabeza gacha hasta que se topó con un arroyito de agua fresca. Se detuvo a refrescarse las mejillas con agua y entonces al ver reflejada su cara en un espejo dijo:
-Arroyito, tú que vas y vienes incansablemente y dejas jugar a los niños con tus vaivenes y guardas peces de los más bonitos colores en las profundidades y dejas que las algas y juncos se enrosquen en tu superficie, cuéntame como es tu vida, ¡necesito conocer tus historias!.

Pero el arroyo estaba tan entretenido transportando una canoa con hombres que no dejaban de remar haciéndoles cosquillas en la panza que casi no oyó a Azul.

Ya era de noche cuando Azul cansada y triste regresó a su casa sin ninguna historia para contar, se sentó en el sofá al lado de Felipe, su gato montañés y se puso a darle vueltas a su cabeza calesita...

No era que ella no había vivido cosas, ¡vaya si las había vivido! ¡De todos los colores y todas las intensidades!, había vivido en muchos lugares distintos, había andado en barco, avión, colectivo y bicicleta por mares y montañas, tenía amigos de todas las edades, bajitos y altos, gorditos y flacos, que habían nacido en países distintos, se había enamorado un montón de veces, habían tomado de la mano y la habían besado de doscientas distintas formas, había llorado hasta llenar bañaderas de agua y se había reído tanto que le habían dado terribles dolores de carretilla y de panza. Entonces fue ahí cuando se dioócuenta que tal vez era posible convertir todo eso en un cuento divertido o emocionante para un niño. Solo tenía que ponerse a trabajar. Y así fue como lo hizo. Tomó lápiz y papel y escribió tanto que casi completa un libro en una mañana. Y cuando lo hubo terminado salió en busca de los niños.

Contando sus propias sensaciones, sus sueños, sus vivencias fue que Azul llevó a los más pequeños a vivir en mundos mágicos y nuevos, llenos de emociones, ilusiones y deseos. Estuvo tan pero tan cerca de ellos y fue tan pero tan feliz que ya nunca pudo dejar de contar cuentos.


Y colorín colorado, este cuento se ha terminado…

TWENTY NINE THINGS


Continuando con la tradición...
http://elmundodesdeeltermo.blogspot.com/2008/02/twenty-eight-things.html


Veintinueve cosas que me gustaría que me pasen ahora que tengo veintinueve:


1. Escribir mejor
2. Tener un perro, aunque debería empezar por el patio...
3. Poder seguir transmitiendo cosas creativas
4. Que él se enamore de mi
5. Ampliar mi espectro musical
6. Conectarme más con los cuatro elementos de la naturaleza
7. Aprender a bailar tango
8. Dejar de fumar
9. Aprender a hacer malabares con pelotitas de tenis
10. Aprender a cantar
11. Tocarle la puerta de la casa a Eduardo Galeano
12. Leer a John Steinbeck
13. Viajar más y más
14. Aprender de una vez a tocar la armónica
15. Mejorar mi sentido de la orientación (lo veo poco probable)
16. Ganarme una bici en un sorteo
17. Cocinar más y mejor
18. Que los duelos dejen de dolerme
19. Mojarme mucho debajo de la lluvia
20. Jugar más y pensar menos
21. Que mi vecina ocupa deje de violentar a sus hijos
22. Hacer algún deporte de los extremos
23. Ser menos consciente de mis limitaciones
24. Aprender a sacar buenas fotos
25. Conocer más gente
26. Escribir una obra de teatro y ponerla en escena
27. Añorar menos el pasado
28. No dejar que esta ciudad se meta con mi esencia
29. Ser testigo de muchos más atardeceres y amaneceres




26/12/08

STOP!






Porque esta ideita que es el termo cumple un año de vida, porque me trajo muchas satisfacciones haber compartido unos mates con ustedes, porque termina un año y para empezar otro con las pilas bien cargadas es necesario tomarse unos champuses para festejar y después unas merecidas vacaciones (aunque este no sea precisamente el caso), porque fue un año de grandes decisiones que trajeron cambios y experiencias nuevas, casi todas tan intensas como enriquecedoras, porque al final eso que dice mi mamá de que escribo bien no es mentira, porque salí preseleccionada en un concurso literario junto a otros doscientos de Latinoamérica y otras tierras, de entre 1800 que se presentaron, porque parece que al final voy a publicar algunas cositas en papel y ustedes van a tener que comprar ese libro, porque de algo hay que vivir y estafadores hay en todos lados, porque la vida es lo más hermoso que me pasó desde que estoy viva y porque se me antoja...


Gracias!! A los que una vez pasaron y se quedaron, a los que se dieron una vuelta y no volvieron, a los que vienen siempre y se bancan los mates espumantes pero también los lavados, dignos altibajos de una escritora neurótica entre otras cosas a causa del mate, a los del futuro, a los que alguna vez me leerán...


Feliz año che...







22/12/08

madre hay una sola y justo me tocó a mi






Mi madre es una señora que va al supermercado, hace una compra de sesenta pesos, participa de un sorteo por una compra gratis del mismo monto que gastó, dice el número diecisiete y gana. Al otro día vuelve con una calculadora y gasta ese mismo monto en botellas de champagne para las fiestas y el vino para las comidas diarias de su esposo.
Mi madre es una mujer que sabe el precio de casi todas las cosas, las fechas de todos los cumpleaños, casamientos y las edades de cada uno de sus sobrinos. Mi madre tiene la memoria de un elefante africano pero es argentina.
Mi madre es una señora que detesta las actividades culinarias y sale de un apuro con una ensalada de tomate y lechuga.
Mi madre no dudará en decirte lo que corresponde que hagas en una situación equis, cuándo y dónde. Si va de viaje organizará su agenda para que no se le olvide nada del itinerario. Llevará todo lo necesario y mucho más por ti y por todos los suyos. Llegará media hora antes de la salida del autobús y le dirá al chofer que baje la calefacción si está muy fuerte.
Mi madre llorará a mares cuando sus hijas estén angustiadas y cuando se suban cada vez al colectivo para alejarse de ella. Se preocupará cuando ve las noticias de incendios, robos y secuestros en los noticieros de Buenos Aires y les enviará un mensaje de texto para comunicarles si hay paro de subtes antes de que salgan a la calle.
Mi madre prenderá velas a San Expedito los días de sus exámenes y le pedirá a San Cayetano que consigan trabajo. Agradecerá por que toda su familia goce de buena salud en la misa y los incitará a que adopten su religión cada vez que se le presente la oportunidad.
Mi madre tiene dos pies tan incrustados en la tierra que te bajará de un soplo cuando te hayas elevado demasiado hacia arriba. Para ella las cosas son blancas o negras pero su color favorito es el verde.
Mi madre concibe el paradigma de la felicidad de una forma pragmática. Es sencillo, ella no puede dejar de ser feliz. Es tan libre como se le antojan sus alas.
La opción de que la vida sea un colchón de geranios siempre resplandecientes y frescos deja de ser utopía para simplemente ser. Tiene el don de convertir a este mundo en un lugar tolerable para mí. A través de su lente todos los dilemas tienen solución excepto la muerte. Mi madre le teme a la muerte más que a nada.
Mi madre te dirá lo que piensa sin ponerle una gota de edulcorante a su pensamiento. Se sentirá ofendida si la hieres y sino le tiendes un algodón cuando sangran sus heridas solo porque sencillamente ella lo haría por ti.
Mi madre es la que baila en todas las fiestas hasta que se prenden todas las lamparitas, la que come todos los postres y la que luego dirá que se siente mal por ello riéndose con toda la panza llena de michelines.
Mi madre es una persona que no podrá dejar de estudiar y de leer hasta el último día de su vida porque encuentra placer en ello.
Mi madre no permitirá que le discutas nada, ella siempre tendrá la razón. Se las ingeniará para que nunca falte de comer en su casa pero no gastará más de lo estrictamente necesario en objetos materiales. Llevará la documentación de toda la familia al día, aún cuando proteste por ello.
Mi madre no se cansará de invitar a mi padre al cine pero ante su negativa no dudará en ir sola. Luego le contará todo el argumento de la película como así también lo que conversó con la señora en la cola del banco, en la parada del colectivo, en la carnicería, en el ascensor con los vecinos y con sus plantas. Asumirá que es devota de las palabras y no te pedirá disculpas por ello. Eso la hace hermosa.
Mi madre comentará lo bello que le ha parecido el actor de la película que vio pero jamás creerá que ese o cualquier otro hombre podría estar a la altura de mi padre.
Mi madre es la mujer de un solo hombre desde hace treinta años y por él ha sido capaz de cambiar de tierra todas las veces que él se lo ha pedido.
Mi madre tiene amigos en los mil lugares que ha vivido y ha empezado de cero sin jamás mirar para atrás con amargura porque el pesimismo no es su aliado.
Mi madre recibe trescientos veinte mensajes de texto y cuarenta llamados telefónicos en el día de su cumpleaños (Sic).
Mi madre es una caja de Pandora, una mujer que ama su vida y la cuida como ninguna otra. Es la mujer más inmensa que conozco, la más valiente, la más auténtica, la más generosa y mientras lo digo me conmuevo. Es un gajito de mi pulmón izquierdo, por eso sin ella respirar sería tan trabajoso como insoportable.

17/12/08

Panic Attack



Que tal vez no haya más noches, ni más días…¿Y qué haremos entonces?, ¿Qué haremos sin los granos de café en las mañanas de julio, sin el canto de las chicharras, sin las alergias matutinas, sin la música de los violines, sin los idiomas?, ¿Qué haremos sin la prolijidad de las hormigas, sin el pesimismo de los periódicos, sin la vorágine de las ciudades?, ¿Qué haremos sin el letargo de las siestas de verano, sin los conventillos, sin la ternura del aire de las mariposas, sin la ornamentación de las enredaderas?, ¿Qué haremos sin el sabor del vino, sin su ceremonia, sin la religiosidad del beso, sin la fastuosidad del arte, sin la tentación del tabaco?, ¿Qué haremos sin las mutaciones del cielo, sin sus garabatos, sin el brillo de los diamantes, sin la artificiosidad de las predicciones?, ¿Qué haremos sin el derrame de los mares, sin la profundidad de los llantos, sin las funerarias, sin los entierros?, ¿Qué haremos sin los payasos, sin los finales felices de los cuentos, sin los avisos del destino, sin el costumbrismo de la cotidianeidad, sin la amargura de los domingos?, ¿Qué haremos sin la brisa, sin las jaquecas, sin el insomnio de la vejez, sin la vejez?¿Qué haremos sin la efectividad de los ansiolíticos, sin el hipo, sin las migrañas, sin la transparencia de los océanos?, ¿Qué haremos sin los calendarios, sin los mapas, sin la física cuántica, sin el Teorema de Pitágoras, sin la fórmula del potasio?, ¿Qué haremos sin los invernaderos, sin las ganas de matar, sin los nervios, sin las puntas de las espadas, sin la belleza de las telas?, ¿Qué haremos sin la memoria de los museos, sin la inteligencia de los ordenadores, sin el lujo de los espejos, sin la crueldad de los zoológicos, sin los placebos?, ¿Qué haremos sin las tizas, sin las mesas ratonas, sin las manifestaciones de la ignorancia?, ¿Qué haremos sin la llanura de las pampas, sin las dobles lecturas ni los dobles sentidos, ni las dobles jugadas?, ¿Qué haremos sin los pilotos y los viajeros, sin los especuladores, sin los electrocardiogramas y sin los cangrejos?, ¿Qué haremos sin la tibieza de la tierra, sin la violencia de los pobres, sin los pulmones, sin las hamacas, sin los anhelos?. Y tal vez ese instante llegue, se extinga el mundo y no tengamos más nada de todo eso.

10/12/08

Música: Una bomba siempre a punto de estallar





Apenas llegué a Buenos Aires, me cruzaba con personas que me iban dictando los sitios a los que tenÍa que visitar y los paseos que obligadamente debía hacer en la gran ciudad, una especie de itinerario turístico que iba de lunes a domingo.-Los lunes, me habían dicho, tenés que ir al Konex a ver La Bomba de Tiempo. Son unos tipos que hacen percusión.
Pongo en práctica la costumbre de investigar al objeto antes de abordarlo, ¿actitud cuasi periodística-antropológica?. Hacer previamente un estudio del objeto que permita acceder al campo con algún tipo de noción o idea predeterminada solo para después darte cuenta que el “estar ahí” lleva a que la teoría adquiera una carácter harto diferente reformulándolo todo.
Leí que La Bomba de Tiempo empezó con esta propuesta de percusión a través de ensayos todos los lunes y luego se abrió al público a medida que el boca a boca empezó a llenar “la cancha” (como le dicen ellos) de gente y de a poco esas creaciones se fueron transformando en shows.
Santiago Vázquez, el director del espectáculo, lo explica así: “Yo, como público estaba deseando poder ir a bailar con música de percusión, como sucede en otros países…Pero generamos, además un espacio de encuentro social. Así como improvisamos escuchándonos a nosotros como músicos, también lo hacemos con el público. No solo con los oídos, también con el corazón y el cuerpo. Y con los ojos, ya que ver lo que le pasa a la gente en una situación y en otra es parte del juego. Hay muchos grupos interesantes de percusión, y muy buenos, pero la mayoría de ellos hacen recreaciones de cosas que pasan en otros lugares. Faltaba un grupo de percusión que genere algo nuevo, bueno o malo pero diferente. El lenguaje de La Bomba está definido. Aunque sea improvisación, no tocamos cualquier cosa. Es necesario que quienes integran el equipo tengan una formación conceptual, que puedan tocar un tambor pero también pensar racionalmente la música, analizarla, desglosarla, darla vuelta y aun así estar gozando y bailando, algo bastante exigente”. (Pag 16. Experiencia Konex, 04. Sep-Oct-Nov ‘08).
Leí también que la idea de trabajar con grupos de improvisación dirigidos por señas provino de Lawrence “Butch” Morris, un director estadounidense que propugna un estilo similar al Free Jazz que no es música de percusión ni bailable.

Leí que La Bomba de Tiempo usa un sistema de aproximadamente 70 señas realizadas con varias partes del cuerpo, con las que el director coordina toda su improvisación indicandole a los músicos los cambios de compás o subdivisión, figuras musicales, dinámicas, ideas de forma, repeticiones, modulaciones rítmicas, etc. Lo que intenta el director es darle los puntos de partida para que ellos mismos hagan nuevos aportes. Cada pieza es como una comida donde cada uno agrega los ingredientes que más le apetecen. Un menú que nunca saldrá de igual forma.

Estoy próxima a degustar el menú, rodeada de hombres y mujeres de todos los colores y nacionalidades, la mayoría de un promedio de menos de treinta y cinco. Hay una cola de una cuadra para entrar. Corren las cervezas, abundan las rastas y los volanteros de fiestas regaee. El sol quema todo lo que perdura sobre la tierra. Me siento en el piso para presenciar el ensayo. Son dieciséis, cada uno con un instrumento distinto. Se van rotando para dirigir. Algunos se mueven histriónicamente, otros apenas esbozan dibujos sutiles con los brazos y las manos. Se divierten, yo también. Podrían pasar treinta y cinco horas y yo seguiría ahí, tratando de entender algo que no tiene lógica, que es puro impulso y ritmo. El ritmo, esa cosa natural a la que no le damos trascendencia pero que nos acompaña desde que nacemos con las primeras notas graves que oímos dentro del vientre de la madre. El ritmo es la base de cualquier experiencia musical y como la música, está presente en todas las acciones que hacemos. Solo tenemos que estar atentos para oírlo. El ritmo de tu heladera, tus pasos cuando caminas, el paraguas cuando lo abrís, los dedos sobre el teclado de tu computadora, tu respiración.

Se monta el dispositivo

Son las ocho, el ensayo terminó. Las descomunales y naranjas escalinatas de la Ciudad Cultural Konex se preparan para recibirlos a ellos, que entrarán vestidos con remeras rojas. Un gran número de equipos va a hacer estallar un predio donde a esta altura, una aguja de tejer estorbaría. Hace demasiado calor. Pero hay mucha cerveza. Las tres francesas que están a mi lado están felices de estar en Buenos Aires, dicen que se van en un mes y es la tercera vez que vienen a ver La Bomba. Es muy bueno, acotan con un vaso de esa bebida espirituosa en la mano.
Abundan los alemanes, yanquis, mexicanos y españoles. Me dan ganas de preguntarles si esto es mejor que una fiesta europea. Me quedo con la certeza de saber que es mejor que la mejor fiesta rave de Buenos Aires.
Adelante, los osados saltan y agitan los esqueletos caprichosamente. Predominio de emociones. Es la conocida reacción del organismo que se convierte en un bombeador de adrenalina. El ritmo cardíaco se acelera, la visión se agudiza y se desvía sangre a los músculos.
En términos psicológicos se explicaría como un exceso de líbido que se manifiesta a través del ello.
Los más tímidos se quedan atrás. No hay uno que se quede quieto. ¿Qué clase de ser humano puede mostrarse indiferente al compás de los tambores. El movimiento es un viento arrebatado que arrastra a su antojo a una marea humana de corazones y cuerpos, transportándolos por infinitos estados. La relajación y la tensión se suceden impasiblemente como mecanismos que provienen de un mismo motor. De pronto un teclado hace chirriar los dientes. Hay un aplauso. El director dice algo que no importa que es. Los tambores explotan. Y entonces el resurgir de un impulso vuelve a llevar al cuerpo al extasis. Transportaciones. Milagros que solo la música tiene el don de generar. Si esto no es fluir, entonces ¿qué es?. ¿Hay una forma singular de expresar el cuerpo cuando es invitado a tomar vida al ritmo de los tambores?. Si la hay. Todos los lunes en el Konex un montón de personas te lo van a confirmar.

2/12/08

ERRE





Acabas de decírmelo y ya rebozo de alegría. Cuento con mis dedos pequeños los pocos días que le quedan a mi tiempo sin vos. Inmensa Erre. Erre de regocijo. Erre de risa. Erre de rama que me sostiene mientras me lanzo a nuevas aventuras. Erre a la que dedico el impulso de arrebatar el teléfono de un solo salto cada vez que me quiebro. Erre que un día también tuvo que irse para crecer. Erre que también se golpea y flaquea. Erre que goza gozosa. Erre que se ilusiona y llora. Erre que casi nunca llora. Erre que me rescata del inconsciente. Vaya si existe para Erre el inconsciente. Erre que se sorprende de mi naturaleza y me dice: -Siempre le encontrás la parte poética y divertida a a tragedia cotidiana... es envidiable. Erre, mi preciosa Erre. Un castillo. Una chispa. Una cascada de vértigo. El sombrero de un mago. Las mil historias de un libro de cuentos. Erre, escandalosa Erre. Mi casa y yo aguardamos tus pasos. Despreocupadas, remotas de dolores andamos desde que anunciaste tu visita. Desquiciadas, anchas se esparcen nuestras lindes que codician tu presencia. Mi casa y yo. No somos mas que la determinación del tic tac de mi reloj. Erre, un destello caprichoso de mi dicha. Los paseos que descojonaran nuestros pies, deseosos de andar andariegos correteando juntos, de lado a lado, de mi lado y de tu lado, abarcando todos los deseos. Mi ciudad. La que te quiero regalar. Los colores que nos esperan para pintarnos de gritos furiosos. El abrazo irreprimido que palpita la espera. Todo lo que de mi aguarda por vos. Erre, no puedo contener la adrenalina que drena por dentro de mi estomago, revoltosa, impaciente. Una sola frase y mira como estoy. Te atreves a darme tremenda noticia para dejarme el corazón hecho un pajarito enjaulado. Y ya no puedo hacer más que saltar inquieta por los techos adivinando las formas de las nubes del cielo que te traerá. Igual que lo hacia Bautista. Las piernas colgando sobre la vereda. Erre, impredecible, inabarcable Erre. La caja que custodia todos mis secretos. Erre, que lo conoce todo de mí y no me juzga. Erre, la viñeta de comic en la que las vocales se salen de los globitos desconociendo los marcos. Erre. Una espuma de verano te trae. Estas viniendo, te oigo, te siento, te huelo con la garúa de esta mañana, vienes viniendo. Vole por pedido de un cuerpo que me dolia, en busca del anhelo de vos y ahora mis alas te traen hacia mi en un vuelo, vienes y te espero de cuclillas. Preparo todos los sonidos que te voy a regalar, los enumero y los envuelvo, todos ellos y yo te esperamos para estallar de sonoridad…

26/11/08

Crónica de una dicha anunciada







Son las ocho, de más está decirlo pero igual lo digo: Anoche no dormí. Hace un tiempo considerable que no me subo a las tablas. Extraño esa sensación a la vez que la abomino. Tengo miedo. Y sé que tengo miedo porque esto es lo más serio que hice en toda mi existencia. Y quiero hacerlo bien. Gracias al teatro conozco que los estados de placer pueden ser tan coléricos hasta llegar a incendiarlo a uno de pies a cabeza. Lo sé porque he pasado más de una vez por ellos. Yo no sé si lo hago bien o lo hago mal. Sé que nací para hacer esto. Que todavía algunas veces me niego a aceptarlo tanto como a mi propia naturaleza, que otras todavía me peleo con esa especie de vocación, que casi nunca tengo ganas de ceder ante los esfuerzos que poner todo mi tiempo a su servicio, arrodillarme de puntillas ante sus exigencias; pero también tengo para mí que la adrenalina que siento diez minutos antes de actuar no la cambio ni por todo el chocolate del mundo (quienes me conocen entienden la dimensión de la frase que acabo de enunciar). Aunque esa performance implique emitir dos vocablos, aunque consista en levantar la mejilla izquierda solamente, aunque mi tarea sea solo llenar un vaso con agua y mirar a otro actor con actitud de desidia. Por esos tres minutos, estoy en condiciones de decir que la vida vale la pena. En ese “estar en estado” (una noción de la jerga teatral), hace que seas capaz de hacer cualquier cosa que te pidan, incluso bajarte la bombacha (confieso que no lo hice). Es igual a estar enamorado. La cantidad de personas que conformen el público en esos exactos tres minutos, es insignificante. Uno va a actuar con la misma intensidad tanto frente a cuatro personas como frente al rey de España. Y aclaro: no es un lugar común.
El Oeste por dentro es un caos. Somos más de treinta actores, cada uno con sus nervios, sus cábalas, su protocolo, su vestuario, su utilería y sus textos. Miro por la rendija hacia fuera. Hay demasiada gente. Más de la que esperábamos. Mucha más. Hay público haciendo el recorrido por el mercado, avanzando según las indicaciones de guías que escupen delirios pero con la misma compostura de los grandes conocedores de la historia. Hay actores improvisando por los recovecos de los mercados, entre la carne y las verduras. Hay personas haciendo cola para subir a las salas. Hay buena vibra, no hay stress, hay pura alegría. Porque el teatro es un antídoto contra todos los achaques, un bálsamo inventado para paliar los momentos grises.

Salió como tenía que salir. Actuamos hasta más no poder y nos incendiamos enteros. Ojalá que la gente haya encontrado lo que haya ido a buscar, y sino fue a buscar nada, que haya encontrado igual. Acaso de eso se trate tanto el teatro como la vida.



PD: la luz era muy tenue y fue difícil sacar fotos por el tipo de propuesta desestructurada que planteamos, pero igual prometo un par de fotos a la brevedad.

17/11/08

cuchillito que no corta




Voy a hacer que no me importe que te hayas negado a cenar conmigo. Me pongo todo mi arsenal de música para momentos de desdicha en los oídos mientras corto una cebolla ahuyento de la conciencia los recuerdos de tortillas dichosas.

Tengo toda la casa invadida por frutas de todos los colores. Hace semanas que me la paso cortándolas y gritando textos violentos de fetos y semen, poniéndome en la piel de una madre perversa, tratando de que no sea mi dedo el que termine rebanado en una de esas performances.

Voy a llorar todo lo que sea necesario y no necesito una cebolla para eso. Voy a dedicarte cada una de mis inseguridades y vos ni lo vas a notar. No sé querer de otra manera que no sea ésta. Interpretándote como se me de la gana. Idealizando tus palabras. Poniéndome a disposición de tus agraciadas abstracciones.


Entonces, como todavía no sabés que es lo que puede desintegrarme hasta convertirme en el jugo de una naranja, golpeás a mi puerta y me preguntás si podes venir a ver televisión conmigo, como si nada hubiera pasado, cuando en realidad nada ha pasado.


Si tuviera que enamorarme de vos, lo haría solo por la inocencia con que tu risa se manifiesta, despojada de todos los clishés, lejos de la de todos los que se armaron una que los signifique a sí mismos, lo haría por la paz que transita por cada una de tus arterias, por tus ojos celestes casi transparentes guardándolo todo, por la exigua probabilidad con que tu gracia intenta caerme graciosa, por el escaso ímpetu que te motiva, por la certeza de tus impulsos, por la manera de tus manos, por la velocidad con que tus actos más impunes arremeten contra los sacudones de mi cuerpo llevando al sexo a que sea todo lo que lo distingue del sexo.


Si tuviera que enamorarme de vos, lo haría por la liviandad que adquiere el tiempo cuando estamos juntos, por la alegría que te genera vivenciar adentro tuyo el milagro de la música, por la ausencia de juicios en cada una de tus determinaciones, por la simpleza de tus gestos, por las pausas que abundan en tu habla, por tu pelo desprolijo, por la ternura lejana de tu voz pidiendole al cielo que no le robe las ideas a tu madre.


Pero right now no me importa pensar por qué lo haría si lo haría, porque de todas maneras no irías a saberlo. Tengo un doctorado en Harvard perfeccionado acerca de cómo disimular estados emocionales. Es tan remoto que te enteres como que a mi me llame John Casavettes para protagonizar su próxima película. Que aunque hayas dicho que tiene el nombre de un mafioso, yo sigo creyendo que es un director de cine de la hostia.


Cada vez que tengo que marcar las teclitas de los números 3 y 6, el teléfono se empaca amenazando con crispar mis nervios. Está sucio por dentro. Cuando finalmente la tecla emite pip, hace contacto por triplicado como los formularios de la Afip. Pero no me interesa en lo más mínimo. Tengo todo el día para comunicarme con la remisería y pedir un auto, si es el fantástico mejor y si me puede dejar a la entrada del planeta júpiter, de maravillas.


Estoy sudando como si estuviera metida adentro de un sauna, tengo la cara más brillante que un parqué recién plastificado pero no me importa. Voy a pasarme dentro de este cubículo todas las vueltas del reloj que sean necesarias, hasta que llames a mi puerta. Fumarme los veinte cigarrillos que completan la cajita de cartón, aunque después tenga que morirme de un ataque de tos.

Porque si tuviera que enamorarme de vos, lo haría por el aceleramiento que se produce en el tráfico de esa sustancia viscosa y roja que alguien se empecinó en llamar sangre por dentro de todos los cañitos que comprenden mi anatomía, desde el más estrecho hasta al más vasto, cuando tu boca me nombra.


Acaso ya sepas (todo) y mientras esta gota de agua que se dirigió a mi labio superior te encuentres planificando una estrategia infalible para huir de lejos de esa posibilidad. O en cambio estés diagramando el plan garantizado para no irte más de mi cama. Acaso en el misterio que te define estén todas las respuestas. Acaso no las haya. Acaso yo ya la sepa y por eso esté aplicando todo lo que aprendí en Harvard y no me importe que me duela pensarlo.

10/11/08

En otras palabras



El Sábado 15 de noviembre en el NO marco de "La noche de los museos" y a modo de asalto tomaremos el Mercado del Progreso (que SI forma parte del circuito museístico) para hacer nuestras pequeñas intervenciones teatrales. Nos podrán encontrar en cualquier rincón del lugar...

Para facilitarles la búsqueda estaremos partiendo con comandos de expedición a partir de las 20 hs cada media hora...Verán las señas que marquen el punto de partida....


Los esperamos ....

Los oestes


4/11/08

You're invited

Para los que no saben. Además de hacerme la escritora, también tengo la costumbre de hacerme la actriz. La ocasión será el sabado 15/11 con motivo de la 5º edición de La noche de los Museos. Varios espacios culturales permanecerán abiertos desde las siete de la tarde hasta las dos de la madrugada gratuitamente al publico. El Mercado del Progreso está invitado a participar del evento y como consecuencia todos los espacios que funcionan arriba, entre ellos Oeste Estudio Teatral. Para lucirnos como corresponde, vamos a regalarles una muestrita de la obra "Cachetazo de campo", del maestro Federico León, dirigidos por Graciela Camino.
La cita es en Del barco Centenera 143 - 1º piso (esq. Rosario), a la altura de Rivadavia 5430 / Estación Primera Junta de la línea A. Caballito. A partir de las 21 hs.

CARPE DIEM

Dos mujeres vestidas con colores claros me llevan a hacer un recorrido por las instalaciones del lugar. El personal porta en el rostro una carta de presentación que podría definirse como una harta exageración de la sonrisa. Las tonalidades del verde que exhibe la decoración aluden con obviedad a la vida sana y naturista. Una mujer me explica cuáles son las normas del lugar. Aclaro: nunca había venido a un spa y probablemente nunca lo hubiera hecho sino hubiera sido por un obsequio de la empresa que con el mismo decoro hace unas horas se deshizo de mis servicios laborales. En la recepción me piden que complete una planilla al tiempo que me invitan a beber un jugo de frutas. Luego me ponen en las manos una canasta con algunos objetos: una bata blanca, un toallón, una manzana y un agua Ser. Hay varios carteles por las instalaciones que recomiendan hidratarse todo lo posible y hay containers de agua por doquier. El baño se asemeja al paisaje de Coroico. Los espejos redondos, algodones, peines y champúes abundan. Allí me muestran el que a partir de ahora será mi locker para dejar mis pertenencias. Cuando salgo del baño en traje de baño, un hombre de piel oscura se abalanza sobre mi con una bata blanca afirmando: -Es aconsejable que circules con la bata puesta por los espacios comunes como si yo, que no tengo complejos ni pudores al momento de exhibir las imperfecciones de mi cuerpo, estuviera obrando en pos de algún mal terrible para la humanidad o algo así dejándolas al descubierto y a la vista de todos. De fondo se oye una musiquita con brisitas, hojitas y agüita que cae por alguna casacada. Lo primero fue el sauna. No es aconsejable más de cinco minutos, me había insinuado una de las mujeres. Sin embargo no fueron tolerables más que tres. Medio pie adentro de esa cámara que poco tendría que envidiarle a la de gas, hizo que sudara como si hubiera estado corriendo por nueve horas seguidas agarrada al paragolpe de un autobus. No he venido aquí para sufrir me digo y me salgo a tomar un trago de aire. Hay un hombre (que está más cerca de ser un mono si es por el exceso de bello que tiene) que está sentado en una reposera leyendo el diario Perfil. ¿Qué tan desconectado se puede estar leyendo las noticias?, me pregunto. Me sumerjo en una piscina con chorros que al golpear distintas partes de mi cuerpo, producen un efecto de masaje amable. Hay una pareja cerca mío y otra mujer que conversan. Podrían estar diciendo las más insólitas blasfemias acerca de mi persona, pero yo ya no estoy acá sino lejos de lo que significa transportar un cuerpo como si fuera una bolsa de calabacines. Mis manos y mis piernas se elevan hacia arriba por la fuerza de gravedad. Cierro los ojos y no me importa nada. Que me hayan despedido del trabajo violentamente alegando que no tiene que ver con mi “performance", que este país que está aferrado del miembro sexual de un monstruo como EEUU vaya a hundirse junto con él, que él no vaya a ser el hombre de mi vida o que no tenga ni una mínima idea de lo que le aguarda a mi vida mañana, ni el jueves ni el próximo año. Pasan horas sin que un solo pensamiento me arrebate ese estado de paz interior similar al que sobreviene sucede con la meditación. El agua es mi elemento y yo siempre lo supe. Que en otra vida sería un axolote, puedo confirmarlo en mi piel. Si sigo adentro de esta cosa por más de un cuarto de hora tendré escamas y deberán sacarme por la fuerza con el peso de un hipopótamo. ¿Y que más da?. Miro un reloj gigante que cuelga de una pared, ya pasó demasiado tiempo. Tengo que retornar a algún estado de la conciencia, me digo. ¿Se habrán olvidado de mi?, ¿Dónde quedaba la sala de relax?, ¿Tengo que secarme después de salir de esta maquinaria de aguas movedizas o volverme a enjuagar?.Camino por los pasillos con la bata puesta. Entro a una sala oscura donde hay colchonetas en el piso y grandes simuladores del relax están torrando a más no poder. Me acuesto y me tapo. Hay un hombre jugando con el celular. Para algunos no es tan sencillo volver a ser un hombre primitivo, pienso. Luego de unos minutos una chica entra y me llama por mi nombre. Me dirigen a una salita donde hay una camilla. Una mujer con manos de porcelana me pone cremas frías sobre la cara y me masajea con las yemas de los dedos más suaves que jamás haya percibido en mi existencia. El arte de los masajes corporales tiene que ver con el traspaso de energía. No solo tenemos que disfrutar el recibir sino también la acción de darle a otro un masaje. Todo lo que somos en ese momento lo depositamos en el otro usando como transmisor a las manos. Me convierto en un tallo que descansa sobre la planicie de algo que es una cama pero que tranquilamente podría ser un almohadón de vegetación sobre la llanura del Amazonas. Investigo en silencio los límites de la tensión en mi cuerpo, me paro sobre ellos y los deshago. Me desligo de una cultura que me pliega a la contractura constantemente y vuelvo a mi vida intrauterina. Una de las partes que más solemos tener contraídas la mayor parte de las horas lúcidas son los órganos sexuales, los puños, el abdomen, la mandíbula y con ella toda la cavidad de la boca. La chica me pone cremas y me saca paños húmedos de la cara una y otra vez. No me importa lo que sea que tenga mi rostro encima, no uele mal y me da placer. Cuando todo termina, ella me llama por mi nombre, y yo regreso de mi ensueño. Me dicen que faltan cinco minutos para la merienda, ¿no quiere volver a la sala de relax?. De más está decir, la merienda energizante no tiene una caloría de más. Yogurt, queso blanco, tostadas y jugo de naranja. Todo eso que te convierte en una servilleta de papel traslucido y liviano haciendo siluetas en el aire, pero que no le regala ni una sola caricia a tu estómago. En el comedor, mujeres de más de cuarenta parecen haber encontrado eso que tanto anhelaban leyendo la revista Health.
Mi misión ahí adentro ha terminado. Afuera la vida se diferencia abismalmente a este micromundo.