
Son las ocho, de más está decirlo pero igual lo digo: Anoche no dormí. Hace un tiempo considerable que no me subo a las tablas. Extraño esa sensación a la vez que la abomino. Tengo miedo. Y sé que tengo miedo porque esto es lo más serio que hice en toda mi existencia. Y quiero hacerlo bien. Gracias al teatro conozco que los estados de placer pueden ser tan coléricos hasta llegar a incendiarlo a uno de pies a cabeza. Lo sé porque he pasado más de una vez por ellos. Yo no sé si lo hago bien o lo hago mal. Sé que nací para hacer esto. Que todavía algunas veces me niego a aceptarlo tanto como a mi propia naturaleza, que otras todavía me peleo con esa especie de vocación, que casi nunca tengo ganas de ceder ante los esfuerzos que poner todo mi tiempo a su servicio, arrodillarme de puntillas ante sus exigencias; pero también tengo para mí que la adrenalina que siento diez minutos antes de actuar no la cambio ni por todo el chocolate del mundo (quienes me conocen entienden la dimensión de la frase que acabo de enunciar). Aunque esa performance implique emitir dos vocablos, aunque consista en levantar la mejilla izquierda solamente, aunque mi tarea sea solo llenar un vaso con agua y mirar a otro actor con actitud de desidia. Por esos tres minutos, estoy en condiciones de decir que la vida vale la pena. En ese “estar en estado” (una noción de la jerga teatral), hace que seas capaz de hacer cualquier cosa que te pidan, incluso bajarte la bombacha (confieso que no lo hice). Es igual a estar enamorado. La cantidad de personas que conformen el público en esos exactos tres minutos, es insignificante. Uno va a actuar con la misma intensidad tanto frente a cuatro personas como frente al rey de España. Y aclaro: no es un lugar común. 

El Oeste por dentro es un caos. Somos más de treinta actores, cada uno con sus nervios, sus cábalas, su protocolo, su vestuario, su utilería y sus textos. Miro por la rendija hacia fuera. Hay demasiada gente. Más de la que esperábamos. Mucha más. Hay público haciendo el recorrido por el mercado, avanzando según las indicaciones de guías que escupen delirios pero con la misma compostura de los grandes conocedores de la historia. Hay actores improvisando por los recovecos de los mercados, entre la carne y las verduras. Hay personas haciendo cola para subir a las salas. Hay buena vibra, no hay stress, hay pura alegría. Porque el teatro es un antídoto contra todos los achaques, un bálsamo inventado para paliar los momentos grises.
Salió como tenía que salir. Actuamos hasta más no poder y nos incendiamos enteros. Ojalá que la gente haya encontrado lo que haya ido a buscar, y sino fue a buscar nada, que haya encontrado igual. Acaso de eso se trate tanto el teatro como la vida.
Salió como tenía que salir. Actuamos hasta más no poder y nos incendiamos enteros. Ojalá que la gente haya encontrado lo que haya ido a buscar, y sino fue a buscar nada, que haya encontrado igual. Acaso de eso se trate tanto el teatro como la vida.
PD: la luz era muy tenue y fue difícil sacar fotos por el tipo de propuesta desestructurada que planteamos, pero igual prometo un par de fotos a la brevedad.