
Esta ciudad es la ciudad donde todo siempre está a punto de explotar pero nunca explota.
Esta ciudad es el camino obligado a la delincuencia en cada uno de los hombres débiles en los que la paciencia sucumbe al fin.
Esta ciudad es un rubio de rulos largos con el torso desnudo escapado de un lejano Woodstock cantando una melodía de los Beatles en Parque Rivadavia.
Esta ciudad es los bares más oscuros con sus baños más limpios de abundante papel higiénico.
Esta ciudad es los parques donde el verde es una fachada a través de la cual se sigue degustando el cemento.
Esta ciudad es sus casillas de libros usados, sus ferias de objetos, zapatos, ropa y carteras de la abuela avasallando las veredas.
Esta ciudad es sus vendedores ambulantes traficando piratería como pan caliente en los subtes, adelantando argumentos de películas como si.
Esta ciudad es el agobio de la gente leyendo de pie, encorvada, sobre los hombros de otra gente, sobre sus faldas, leyendo always.
Esta ciudad es la egoísta circulación de luz y el olor estupefacto que el aire adquiere en los trenes, los cigarrillos encendiéndose impacientes a dos centímetros del vagón, las caras esquivándose en los andenes.
Esta ciudad es Constitución, una platea de ojos al borde de la escalera, el terreno donde próximamente la lucha será cuerpo a cuerpo.
Esta ciudad es la gente pateando chicos y los chicos durmiendo pateados alrededor de los restos de pan.
Esta ciudad es la violencia de sus medios de transporte materializada en los gestos desgarrados de sus peatones.
Esta ciudad es no mirarse nunca a los ojos, huir hacia otros fragmentos del espacio, pero no a los ojos, no vaya a ser cosa que...
Esta ciudad es la cuna del cine, el despilfarro de literatura, los pensamientos modernos, los hombres con bigotes, los discursos contradictorios, las drogras psicodélicas, los prendedores, los franceses, europeos, irlandeses y yanquis diciendo que agradable es Buenos Aires.
Esta ciudad es la perfección de la música electrónica incendiando todos mis sentidos, la cerveza artesanal más sabrosa en los cafés irlandeses de San Telmo.
Esta ciudad es el botánico y sus muchos gatos.
Esta ciudad es la trascendente explicación de mis actos y sus razones, la necesidad absurda de la nicotina después de las seis, mi diafragma soberbio desparramándose en mi hamaca paraguaya.
Esta ciudad es el Abasto con las mañanas de sol de Luca y sus tomates podridos convertidos en hamburguesas.
Esta ciudad es la esquina del Polaco Goyeneche frente a la estación Yrigoyen, es Barracas, es su gris.
Esta ciudad es un tobogán por donde se lanzan despistadas mis ideas, y hoy una dificultad para encontrarse.
Esta ciudad son los mil teatros de mi barrio, la paceña que vende verduras a la vuelta de mi casa, mis vecinos ocupas gritando delirios.
Esta ciudad es las arboledas de Caballito, el olor a madera vieja de la estación del subte A, las frutas más refulgentes en los puestos del Mercado del Progreso, las lamparitas de la sala del Oeste.
Esta ciudad es la humillación hilvanada en una canción de Devendra Banhart, los besos abultando las sábanas, un futuro que atamos a las patas de la cama con la premura suficiente para que no se escape durante un sueño nocturno.
Esta ciudad es un desquicio, en cada una de sus figuraciones, en cada una de mis tribuaciones, es también y más que siempre, un espejo y una trampa.