
En el camino de regreso a mi casa, vengo arrastrándome por el piso cual guirnalda de papel crepe, como si mi cuerpo fuera la extensión de un piolín, vos el cometa y tu barrio, nuestro cielo naranja naranja...




Mientras medio mundo en la ceremonia del dormir
Mientras las alas en la inercia del desgano
Mientras mis cervicales te miran de reojo
Mientras la hora en la que había planeado irme es una anécdota simpática
Mientras me levanto de la butaca del teatro con furia
Mientras me olvido de que es Buenos Aires
Mientras somos nosotros los que danzamos
Mientras mis muñecas flamean al compás de un par de cuerdas
Mientras la noche se extinguió sin que nos miraramos más de mi cuenta
Mientras no asumo mis escalas mentales
Mientras me desparramo sobre mi amplitud de criterio
Mientras los techos persisten lúgubres
Mientras creo que me confundo mirando parpadear a otros
Mientras los hurones
Mientras el algarrobo blanco
Mientras la aurora
Mientras te ocupas de darle trascendencia al segundo en que el cigarrillo aprieta mis yemas
Mientras las conmemoraciones
Mientras el ardor de mis besos acá
Mientras el gato estirado
Mientras te uso para ser feliz con lo que puedo
Mientras sucumbo ante las veces de tu neurosis
Mientras
Todo el poder
Y toda la gloria
Por el celeste de tus ojos galopando manso sobre las vigas de mi alma,
y porque antes fue azul...
Amén.








- Tengo miedo, dijo. Ultimamente, no sé por qué, me siento a veces como un caracol sin caparazón.
- Yo también tengo miedo. No sé por qué, pero a veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.
Alzó la vista y me miró. Esbozó una pequeña sonrisa. Luego, sin mediar palabra, nos dirigimos a la parte umbría del edificio, nos abrazamos y nos besamos. Eramos un caracol que había perdido el caparazón y una rana que había perdido las membranas.
Haruki Murakami
Al sur de la frontera, al oeste del sol.
"A veces me asusto al verte dormida, tan hermosa como una princesa encantada. Entonces el hielo parece rodearte con puntas afiladas como estiletes. Un solo gesto, o un pensamiento temeroso, aun involuntario, parece fatal. Lamento no ser todavía el príncipe que pueda despertarte. Tendrás que dormir durante quinientos años, hasta que yo llegue a ser el que debo ser, concentrándome en el vidrio empañado del tren, esta noche, entre los conscriptos y las familias de campesinos, rumbo al Sur. Sabés que solo así voy a salir de este juego de debilidades, y a dejar de comer pastel en esta interminable hilera de cumpleaños.
No quiero ser sincero. Las justificaciones y las confesiones son para los moribundos. Yo quiero la verdad.
Nunca sabrás cuantas veces, acostado a tu lado, me asaltó esta necesidad de salir corriendo por las calles y ya nunca detenerme, de reventar en mil pedazos como una gigantezca supernova. Ni nunca sabrás nada de los tribunales de semidioses que juzgan y rechazan cada acto de mi vida, ni de la melancolía por los años perdidos que se va volviendo la única alegría del que se queda esperando. Ni de cómo estos absurdos intentos por convertirme en un hombre normal están desgarrando mi cuerpo y mi alma hasta límites imposibles".
PABLO KRANTZ
Músico y escritor argentino nacido en 1970 en Buenos Aires y radicado en París, Francia entre 2002 y 2007. Allí ha publicado un disco de canciones, dos novelas y un libro de cuentos (en francés). En Argentina publicó tres discos y dos libros de cuentos (en español).
Este texto fue de "Dame un coche tan rápido que no lo alcancen los recuerdos". Actualmente vive a mitad de camino entre ambos países.
Escuchalo por acá: http://www.myspace.com/pablokrantz
un piolín cansado y cachuzo pendiendo de un barrilete descolorido... ¿y si lo suelto? que pasa si lo dejo ir? que vuela! vuela alto, tan alto que cruza todo el océano, el meridiano, los continentes, todo el ancho de la llanura, los ríos y va en tu busca...
una esencia que huele a arándano derritiéndose por tus caderas y el sonido de las alas de un colibrí golpeteando furioso en el agua…
¿quién le contesta a los pajaritos cuando silban?
el arco iris, empachado de colores fluorescentes, soberbios aires multicolores.
¿y si me trepo? ¿quién dijo que no me puedo subir? ¿acaso el mundo solo está hecho para gigantes?
¿alguien sabe descifrar los ladridos del perro de mi vecina?
¿qué hacen los buhos de día?
¿es verdad que si me como un chicle me va a crecer un bicho en la panza?
la inconmensurable meseta que traza el desgano, los pies secos, la expresión enjuta, el pecho ajustado, apenas un interrogante: ¿qué hacer con la tristeza?,
¿se irá si le echo agua encima como a las hormigas?, ¿cómo ahuyento sus deslices? ¿será que las penas de veras saben nadar y no necesitan manguitas del Pato Donald?
La próxima vez que te vea pasar, me cruzo de vereda y no me importa nada que estén los canteros rebasados de chicos, que si me hago la tonta y agacho la mirada no pasa nada.
Si vas en el colectivo, te niego mi asiento sin dejar de mirar la luz roja del semáforo.
Si me hurgás insistentemente en la cola del supermercados, me escondo en la góndola de los dulces de pera.
Si tocás el timbre de mi puerta, pongo mi banquito detrás, me paro encima y empujo con fuerza, apago los farolas de mi patio y cuento hasta trescientos veintidos.
Si te me apareces entre los fideos caracolitos de mi sopa, vuelco el tazón en la comida de mi gata Ada, que se toma todo sin chistar.
Y ya basta! que hoy hay un sol redondo como un anillo que me guiña el ojo desde la ventana y nada de tristezas…